El poder de la Impermanencia: cómo conseguir que tu vida tenga más sentido

Por Débora Tejera | Aprende mindfulness

Un reloj de arena

Para mí, Impermanencia es una de esas palabras “grandes”, como Aceptación, Vacío o Silencio. Palabras que te conectan con algo profundo, con algo que te trasciende.

Impermanencia es de esas cosas que se sabe intelectualmente lo que significa: “La vida es constante cambio”, “Nada permanece, todo fluye”, “Empezamos a morir cuando nacemos”...

Son verdades que conocemos y repetimos, pero que no comprendes de verdad hasta que las experimentas. Hasta que te tocan de lleno el corazón y no te queda más remedio que mirarlas de frente.

La muerte de un ser querido. Descubrir que tienes una enfermedad grave. Una ruptura amorosa. Perder el trabajo...

Saber que en algún momento de nuestras vidas todos vamos a experimentar la “Ley de la Impermanencia” no te resuelve el problema. Porque una cosa es tener el conocimiento intelectual de que las cosas son así: “todo pasa”, “todo es efímero”, y otra muy diferente es tratar de seguir adelante con tu vida cuando todo tu mundo se vuelve del revés.

Cuando estás en mitad de un proceso de pérdida, experimentando miedo, rabia, tristeza, ansiedad; lo que necesitas es encontrar una manera sana y práctica de relacionarte con la situación. Comprender qué te está pasando y elegir un camino que te permita respetarte y respetar tu proceso.

Tienes que bajarlo de la cabeza al corazón y eso sólo se hace atravesando el dolor que normalmente está asociado a toda pérdida.

Una cuestión de grado

Es indudable: todo está en continuo flujo. Las estaciones, la tecnología, nuestros cuerpos, las emociones que sentimos... ¡Incluso las modas! Todo está cambiando todo el tiempo, seamos conscientes de ello o no.

Sin embargo, a pesar de saber que lo único constante es el cambio, es indudable que la forma en la que llegue te va a afectar de diferente manera.

Cuando la evolución es constante y gradual, por lo general suele pasar desapercibida. Nos damos cuenta de las diferencias sólo si tenemos un punto de referencia en el pasado con el que poder comparar la situación actual.

Por ejemplo, prueba a sacarte una fotografía ahora y otra justo dentro de un año. Cuando las tengas, colócalas frente a ti y obsérvalas. Si las miras bien, podrás darte cuenta de que has envejecido.

Y si quieres ser más consciente de cómo ha sido el proceso, sácate una al mes durante ese mismo periodo de tiempo.

Quizás una nueva arruguita por aquí, un par de canas por allá. Diferencias sutiles y naturales que sólo apreciamos cuando les ponemos atención consciente y las medimos de alguna manera. Están ahí, pero como son tan minúsculas no las advertimos.

No obstante, este tipo de cambios no nos sacuden tanto como aquellos que suponen una transición abrupta entre un estado y otro.

En este caso, no existe una progresión, una evolución gradual. El cambio sucede de manera súbita y simplemente, no nos da tiempo de ajustarnos, de irnos haciendo a la idea.

Cuando ocurre este tipo de giros en tu vida, tu cotidianeidad, tu sentido de estabilidad y seguridad, se rompen como un vaso de cristal delante de tus ojos. Hasta hace un momento había algo... alguien... y ahora ya no. O esto que no existía para ti, de lo que no sabías nada, ahora la vida te lo pone delante.

En este sentido, cuanto más repentino, no deseado y difícil percibamos el cambio, más probabilidad tendremos de que haga tambalear nuestras estructuras internas y todo nuestro mundo.

Por tanto, en este tipo de circunstancias se hace de vital importancia contar con los mecanismos adecuados que nos permitan gestionar la situación de una manera constructiva y sana.

Empezando a tomar las riendas

Como veíamos al comienzo del artículo, hay una gran diferencia entre saber algo de manera intelectual y tener la experiencia práctica de ello. El padre Anthony de Mello lo expresa de manera muy lúcida: “Jamás se ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la palabra VINO”.

De esta manera, sólo cuando integramos el conocimiento en nuestras vidas a través de la vivencia, podremos comprender de verdad. Y sólo así podrá convertirse en parte de la manera en la que nos relacionamos con el mundo.

Sabemos que todo evoluciona o deja de existir. Esto es una realidad, independientemente de que te guste o no. Puedes elegir respirarla, aceptarla y abrazarla. O puedes optar por enfadarte, resistirte y rebelarte contra ella. En tus manos está.

La cuestión entonces sería: ¿cómo conseguir, integrar y desarrollar las herramientas necesarias que nos permitan sostenernos de manera eficaz y al mismo tiempo respetuosa con nosotros mismos y los que tenemos a nuestro alrededor?

Al fin y al cabo, no vivimos en una burbuja. Todo está interconectado; así que lo que hacemos afecta directa o indirectamente a nuestro entorno y tiene repercusiones que quizás no alcancemos a comprender.

En este punto, es importante recordar que todos llevamos dentro los medios que nos van a permitir optar por un camino u otro: la vía de la resistencia o el sendero de la aceptación. Nuestros cerebros están perfectamente equipados para permitirnos ejecutar la decisión que queramos tomar.

Si bien es cierto que el sistema nervioso nos permite abordar situaciones estresantes con reacciones de lucha o huída, también hay que tener en cuenta que no es el único mecanismo de afrontamiento con el que contamos. Todos podemos elegir conscientemente cómo queremos responder ante una situación que nos confronta, cuidando de nosotros con elecciones lúcidas que promuevan nuestro bienestar y buscando el apoyo de nuestros familiares y amigos.

“Esto también pasará”: las dos caras de la moneda que no deberías olvidar

Como nos enseña el antiguo cuento sufí Esto también pasará, la Impermanencia también tiene su lado positivo. Si todo está en constante cambio, entonces el dolor y el sufrimiento que podemos estar experimentando también es transitorio. También pasará.

A veces resulta duro despertar a la realidad de que tu vida ha dado un giro de 180o, pero esta circunstancia no va a durar para siempre. Comprender que el proceso emocional intenso asociado a un cambio abrupto y repentino también pasará, nos puede ser de gran ayuda en momentos de transición.

Entonces quizás la clave para reconciliarnos con la idea de la Impermanencia pasa por tener muy presente que lo que consideramos bueno, lo que consideramos malo, absolutamente todo tiene fecha de caducidad.

Darnos cuenta de ello, ensancha nuestras miras. Nos aporta la claridad y la perspectiva necesaria para afrontar lo que nos ocurre de una manera más compasiva, sana y respetuosa.

Hacernos conscientes de esta realidad, se convierte entonces en una motivación muy potente para encontrarle un sentido a nuestras vidas. Si al final todo pasa… si en algún momento nos vamos a morir y todo lo material se queda… quizás deberíamos plantearnos seriamente ¿qué es lo realmente valioso para mí? ¿Cómo puedo dotar de sentido a mi vida? ¿Cómo puedo vivir una vida más significativa?

Esto nos ayuda a poner en perspectiva lo que estamos haciendo con el tiempo que se nos ha dado y lo que realmente queremos hacer. Quizás la situación que estamos atravesando, esa que en un principio nos está causando tanto conflicto y malestar, sea el detonante que necesitamos para revisar nuestras prioridades. Para despertar.

Comprender que esto también pasará nos hace estar más presentes en nuestras relaciones. La mayoría de nosotros tendemos a dar por sentado lo que tenemos, sin valorarlo como se merece.

Cuando te haces consciente de todo el amor que te rodea y de lo afortunado que eres, empiezas a apreciar lo que los demás aportan a tu vida. Comienzas entonces a dar también de vuelta lo mejor de ti.

Esta es, sin duda, la mejor manera de crear relaciones profundas y significativas con los demás.

Así mismo, cuando empiezas a abrirte verdaderamente a la comprensión de que todo es efímero, se despliega en ti una genuina apreciación por la belleza, por la naturaleza, por toda la VIDA que te rodea. Te vuelves más consciente. Estás más presente. Saboreando cada momento.

Abrazar la Impermanencia...

Recuerda: gestionar los cambios es un proceso que cambia no sólo de persona a persona, sino de una circunstancia a otra. Quizás manejar una situación comprometida te resulte muy sencillo en un momento de tu vida y sin embargo, la siguiente vez que tengas que afrontarla sientas que se te hace extremadamente cuesta arriba.

Esto es algo natural y le ocurre a todo el mundo. Si tenemos en cuenta la Ley de la Impermanencia, ninguna situación que se repita se va a vivir de la misma manera, porque ni el escenario, ni los actores implicados son los mismos. Ya lo decía Heráclito en su famosa sentencia, resumiendo, por cierto, a la perfección la esencia de la Impermanencia: “Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos”.

Entonces, retomamos en este punto la pregunta que nos hacíamos hace un momento: ¿cómo conseguir, integrar y desarrollar las herramientas necesarias que nos permitan sostenernos de manera eficaz y al mismo tiempo respetuosa con nosotros mismos y los que tenemos a nuestro alrededor? ¿Dónde encontrar un mecanismo efectivo y práctico? No una mera teoría, sino algo operativo, algo que podamos utilizar y que esté a nuestro alcance en situaciones volátiles, que nos causan inestabilidad y desequilibrio.

Para mí, la respuesta se halla en mi interior. En conectar conmigo misma y escuchar mi propia voz.

En sostenerme atenta y despierta ante todo lo que se está desplegando dentro y fuera de mi: lo que ocurre, lo que interpreto, lo que pienso, lo que siento, lo que están viviendo las demás personas implicadas en esta situación. Con una actitud compasiva y de no juicio. Al fin y al cabo, lo hago lo mejor que puedo, con el grado de consciencia que tengo en cada momento.

... hacer una pausa...

Cuando estés en una de esas situaciones en los que sientas que la vida se te empieza a volver del revés, o simplemente estés saturado y sientas que es demasiada la carga que llevas encima en ese momento, permítete hacer una pausa.

Simplemente, para. Date un espacio para sentirte. Deja que las emociones fluyan, de manera suave y amable, siendo consciente en todo momento de cuáles son tus límites, para que no te hagas daño.

Inspira y espira con conciencia.

Otra vez.

Y otra.

A veces necesitamos parar. Cerrar el ordenador. Desconectar el teléfono. Recogernos en silencio. Estar para nosotros.

Darnos un momento y un espacio en el que estar a solas con nosotros mismos. Y ya está.

Seguro que si un familiar cercano o tu mejor amigo necesitara que estuvieras ahí para ellos, te entregarías en cuerpo y alma a ayudarlos, ¿verdad? Pues haz lo mismo contigo.

Frecuentemente, tenemos tanto miedo a que las emociones nos desborden, a perder el control, que no les damos oportunidad de que se expresen.

Se trata entonces de buscar una manera compasiva y respetuosa de aceptar lo que es.

Una manera que no te anestesie del dolor, pero que tampoco te haga recrearte en él.

Que te permita estar vivo y atento, presente ante cualquier cosa que esté surgiendo.

Que te deje hacer pausas cuando sientas que es demasiado y te recuerde con entusiasmo que has de seguir tu viaje.

Recuerda que aquello a lo que prestas atención, se convierte en realidad en tu vida.

Sólo respira y hazte consciente de tu respiración. Una y otra y otra vez.

Crea para ti el espacio que te mereces para acogerte.

Ya verás como si lo dejas, los mensajes que guardas para ti en tu interior se irán haciendo más y más claros.

... y simplemente ser

Al final, de lo que se trata es de estar bien. El dolor es parte de la vida y existe un gran crecimiento cuando lo abrazamos y aceptamos su enseñanza.

Comprométete entonces con una forma constructiva de afrontar lo que hay. Estando más presente. Atento. Vivo. Para encontrar consuelo y alivio en los demás. Y para que también puedas estar para ellos.

Recuerda siempre que, si bien es cierto que a veces no puedes cambiar la realidad de lo que te toca vivir, siempre puedes elegir conscientemente la actitud con la que la atraviesas.

Siempre tienes elección.

Esa es y será siempre tu libertad última.

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