“Esto también pasará”: un cuento para reflexionar sobre la Impermanencia

Por Débora Tejera | Aprende mindfulness

Un precioso anillo

A todos nos gusta escuchar historias.

Si te das un momento para pensarlo, seguramente algunos de los momentos que recuerdas con mayor cariño tienen que ver con escuchar un cuento. Personajes que enfrentan un peligro, situaciones que necesitan ser resueltas...

Los cuentos tienen esa cualidad mágica de enseñarnos sin que nos demos cuenta conceptos muy abstractos y difíciles de comprender: valores, normas sociales, creencias. Todo pasa por debajo del escrutinio crítico de nuestra mente racional, pues los símbolos, las metáforas o los arquetipos que transmiten les hablan directamente a nuestra parte más profunda.

A lo largo de los siglos, la mayoría de las tradiciones espirituales los han utilizado como método preferido para guiarnos hacia un aprendizaje de la vida más profundo y significativo. Cuando leemos o escuchamos un cuento prestando atención consciente, nos abrimos a la posibilidad de que se produzcan poderosas transformaciones en nuestro interior.

En esta ocasión, me gustaría compartir contigo un cuento proveniente de la literatura clásica Sufí oriental. Se titula “Esto también pasará”. En él, se nos cuenta una bella historia acerca de la Impermanencia.

Debemos su adaptación y posterior difusión en Occidente a Idries Shah. Este autor y profesor de la tradición sufí escribió más de 30 libros relacionados con la filosofía, psicología y espiritualidad.

Shah también dedico gran parte de su vida a recopilar cuentos Sufís y transmitirlos. En sus obras, nos invita a recibir estas historias como si fueran un durazno: podemos comerlo, disfrutar de su sabor y tirar luego el hueso. Esto es, considerar el cuento como algo meramente entretenido y superficial. O podemos por el contrario abrirlo y extraer la semilla que hay en su interior.

En el primer caso, sólo veríamos un durazno. Pero en el segundo, nos dejaríamos conmover por la historia, internalizando así el mensaje que nos trae.

Déjate pues envolver por la magia de este cuento y permite que su semilla se siembre en ti.

Esto también pasará

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

–Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total...

Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia.

El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:

–No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio.

Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje –el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey–. Pero no lo leas –le dijo–. Mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso. Simplemente decía:

“Esto también pasará”

Mientras leía “Esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino.

Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:

–Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.

–¿Qué quieres decir? –preguntó el rey–. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

–Escucha –dijo el anciano–: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje:

“Esto también pasará”

Y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba. Sin embargo, el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.

Entonces el anciano le dijo:

–Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.

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