Pedí un helado y me sentí fatal conmigo mismo, ¡pero no por el motivo que quizás estés pensando!

Por Dominic Fenn | Comprende tus emociones

Vasos de helado

A menudo no nos damos cuenta, pero continuamente hacemos juicios, sobre los demás y también sobre nosotros mismos. Si queremos vivir una vida más feliz, necesitamos encontrar una manera de desactivar este patrón automático de pensamiento.

Como inglés residente en España, uno de mis mayores desafíos es comunicarme claramente con quienes me rodean. Cosas tan simples como pedir algo en una tienda o hacer una llamada telefónica a mi banco, por ejemplo, son mucho más difíciles de lo que eran en mi país de origen, porque estoy tratando de hacerlas en un idioma y una cultura que no son las mías.

Cuando vivía en Inglaterra, solía hacer muchas cosas sin parame a pensar mucho, operando en una especie de piloto automático. Pero esto ya no es así. Cada día, cualquier interacción que tengo requiere que le preste una atención deliberada, no solo a las palabras que se están diciendo o a las ideas que quiero transmitir, sino también a las sutilezas tácitas de la comunicación propias de un país extranjero.

Más allá de la mecánica de la pronunciación, retorcer la lengua (literalmente) para producir sonidos que hasta ahora me eran desconocidos y esforzarme para entender el acento local, existen ciertas costumbres, una etiqueta, formas de expresarse que no siempre coinciden con lo que estoy acostumbrado. Son estas sutilezas, y no solo el idioma, lo que diferencia al extranjero del hablante nativo.

Un momento de duda

Todavía me queda un largo camino por recorrer antes de que me puedan confundir con un español, pero después de unos meses poco a poco empiezo a acostumbrarme a la dinámica de las cosas aquí. Ayer, sin embargo, al menos por unos minutos, me cuestioné seriamente si estaba haciendo algún progreso.

Hasta ese momento, todo iba más o menos como siempre. Estaba visitando un pueblecito costero y decidí comprarme un helado en una tienda cerca del paseo marítimo. Cuando la dependienta se acercó al mostrador y me sonrió, pedí, en mi mejor español, una bola del sabor que quería.

Ella asintió y luego, en lugar de responder, señaló una pila de vasos de papel en el mostrador. La expresión de su rostro decía: “¿Lo quieres en uno de estos (a diferencia de un cono)?”

Me pregunté por qué no me había hecho la pregunta verbalmente. ¿Es que mi español sonaba tan mal que pensó que no la entendería?

El crítico interior – y una sorpresa

Un poco desconcertado, le dije “Sí” y la observé mientras colocaba una porción generosa de helado en el vasito y la colocaba en el mostrador frente a mí. Me miró y sonrió de nuevo, todavía sin decir nada.

Por suerte para mí, había una lista con los diferentes precios, así que ya sabía cuánto tenía que pagar. Le di el dinero y esperé mientras ella iba a la caja registradora y traía el cambio.

“Está claro. Piensa que no la entiendes”, me dijo mi crítico interno. “De lo contrario, te habría dicho el precio. Para ella, es probable que solo seas otro turista inglés despistado”.

Me sentí un poco desmoralizado. ¿De verdad era tan malo comunicándome?

La dependienta volvió para entregarme mi cambio. Le di las gracias y recogí mi helado. Mientras lo hacía, ella me sonrió encantadora y asintió de nuevo. Y esta vez sus labios se movieron, pero de ellos no salió ningún sonido. Y entonces caí en la cuenta...

No se trataba de mí en absoluto. ¡Estaba afónica!

Pensamiento automático

Durante ese par de minutos, fui víctima de una tendencia que todos tenemos: emitir un juicio sin tener en cuenta todos los datos.

Como Débora explica en el quinto día del Reto Mindfulness de Time to Feel, esto es algo para lo que el cerebro humano ha sido condicionado. A veces, puede ayudarnos a evitar situaciones peligrosas. Sin embargo, si no estamos realmente en peligro y no somos conscientes de que estamos juzgando, puede ser muy perjudicial, tanto para nuestras relaciones con los demás como para nuestra propia felicidad.

Es fácil asumir que sabes exactamente cómo es una persona o una determinada situación basándote simplemente en una pequeña cantidad de información. Diversos estudios han demostrado que nos formamos opiniones sobre los demás en una fracción de segundo, con solo echar con un vistazo a sus caras. Y que en determinadas situaciones, proyectamos inconscientemente sentimientos y emociones generadas por circunstancias que no guardan ninguna relación.

Esto no solamente es injusto para los demás, sino que también es injusto para nosotros mismos, porque esos sentimientos condicionan seriamente la forma en que vivimos nuestras vidas.

Un cambio de perspectiva

En mi caso, de pie frente al mostrador de helados, me sentía mal conmigo mismo, con mis habilidades y mi capacidad para funcionar en el mundo, basándome únicamente en una historia que me había contado yo solito, ¡y que ni siquiera era cierta!

Mi mente había ignorado toda la información positiva que había recibido (el hecho de que la dependienta había entendido perfectamente mi pedido, me había dado lo que quería y había sido amable y cercana) y, en cambio, se había centrado en una mera suposición. Era yo quien me había hecho sentir así. Y si no me hubiera dado cuenta, probablemente me habría quedado un poco deprimido el resto de la tarde.

Fue sólo cuando cambié mi perspectiva que pude ver las cosas de una manera más equilibrada. Al hacerlo, no sólo entendí la situación con más claridad, sino que también sentí compasión por la dependienta. Y de paso, me sentí mucho mejor conmigo mismo.

Una opción mejor

Si queremos disfrutar más de la vida, entonces debemos darnos cuenta de cuándo emitimos este tipo de juicios. Practicar la atención plena es una excelente manera de hacerlo, porque te entrena para observar todo lo que está sucediendo, tanto dentro como fuera de ti.

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