Presencia consciente y Mindfulness

Por Débora Tejera | Aprende mindfulness

Una mujer oliendo una flor

Uno de las experiencias más habituales al introducirnos en la práctica de la atención plena es el asombro. La mayoría de las personas que acompaño terapéuticamente se sienten profundamente conmocionadas cuando empiezan a darse cuenta del estado de agitación mental en el que viven casi constantemente.

Y es que tomar conciencia de la cantidad de sensaciones, emociones, pensamientos que podemos experimentar momento a momento, puede hacernos sentir un tanto sobrepasados. Sin embargo, este es el camino para despertar a una vida auténtica y significativa.

Mediante la práctica Mindfulness, vamos poco a poco ejercitando nuestra atención para concentrarla y sostenerla en un objeto determinado. De esta manera, estamos desarrollando una mayor lucidez y capacidad de discernimiento.

Entrenar el músculo de la atención

Concentrarnos en un objeto de atención es un proceso simple. Basta con enfocarnos en él y regresar tantas veces como nuestra mente se disperse. Lo complicado es sostenerse en ese proceso, sobre todo al principio cuando no estamos acostumbrados.

Es algo así como empezar a cultivar nuestro jardín. La primera tarea debería ser limpiar la maleza. En realidad, al cultivar estos estados lo que estamos haciendo es domar nuestra mente. Es simplemente una cuestión de perseverancia y tiempo.

A través de nuestra práctica formal, nos damos la oportunidad de mantenernos atentos tanto a los procesos internos, como a lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Permitimos entonces que se desarrolle un proceso de autoindagación consciente, con amabilidad y sin juicio. Abriéndonos a la experiencia que surge con aceptación y curiosidad.

Haciendo espacio a la calma y el equilibrio

Mindfulness nos proporciona una vía despejada hacia estados de mayor concentración y por consiguiente, de claridad mental y equilibrio interno. Nos vamos entrenando en darnos cuenta de lo que estamos experimentando momento a momento, lo cual trae consigo ecuanimidad y centro.

A medida que aprendemos a sostenernos en estos estados de concentración, comienzan a surgir la armonía y una profunda paz. Y consecuentemente, estos estados empiezan a sentirse a nuestro alrededor. Empezamos entonces a darnos cuenta de cómo se reflejan, afectando al entorno.

Con el tiempo, esta atención sostenida produce un despertar, una comprensión profunda que sucede simultáneamente en la mente y en el corazón.

Despertando a nuestra cotidianeidad

Un aspecto muy importante del Mindfulness y que para mí es clave, es que nuestra capacidad atencional no se ejercita únicamente sobre el cojín de meditación, sino que se integra en nuestras actividades más habituales y rutinarias. Todo lo que necesitas es enfocarte en la tarea que estás realizando en ese momento: lavarte las manos, prepararte un café, tomarte un aperitivo o conversar con tu hermana. Lo que quiera que estés haciendo, puedes realizarlo desde un lugar de mayor atención y consciencia.

Es justamente en nuestras actividades de la vida cotidiana donde la práctica de la atención plena se hace más necesaria. Es precisamente ahí, cuando estamos más ocupados, cuando nos sentimos estresados y sin tiempo, el momento en el que más necesitamos parar y regalarnos esos instantes de consciencia.

Despertando a la Vida

El psiquiatra Carl Jung dijo que “la visión solo puede llegar a ser clara cuando uno puede mirarse el corazón. El que mira hacia afuera sueña; el que mira hacia adentro despierta”.

Debemos entonces explorar nuestra mente y nuestro corazón si queremos despertar a la verdadera naturaleza de las cosas. Hay que aprender a mirar hacia dentro, con una mente en la que predomine la ecuanimidad y el silencio. Sólo uniendo mente y cuerpo en atención consciente podemos experimentar verdaderamente el momento que estamos viviendo.

Eso es lo que hacemos cada vez que practicamos Mindfulness.

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